Avances Científicos
Una de las primeras pacientes en quien que se describió un cuadro sugestivo de esclerosis múltiple fue una joven holandesa de nombre Liduvina de Schiedam, quien falleció en 1433. Algún tiempo después de caerse patinando sobre hielo, comenzó a experimentar síntomas como dificultad para caminar, alteraciones visuales y parálisis.
Fue canonizada por el papa León XIII en 1890 y actualmente se le conoce como la santa patrona de los enfermos crónicos. Durante el curso de su enfermedad presentó recaídas y remisiones. [1]
Desde entonces la terapia en esclerosis múltiple ha recorrido un largo camino, pero no fue sino hasta el siglo XX cuando se lograron avances significativos en este campo.
Desde la década de los 60s se usan los corticoesteroides, que reducen la gravedad y la duración de las recaídas.
En los 70s se realizaron estudios con medicamentos inmunosupresores como la azatioprina, la ciclofosfamida y el metotrexate.
En los 90s se introdujeron al mercado los interferones y el acetato de glatiramero que fueron los primeros de una clase de medicamentos conocidos como modificadores de la enfermedad, es decir capaces de alterar la historia natural de la esclerosis múltiple recurrente remitente.[2]
En la primera década del siglo XXI viene la segunda generación de modificadores de la enfermedad como natalizumab (un anticuerpo monoclonal), mitoxantrone (un inmunosupresor) y fingolimod (un inmunomodulador) que se constituye en el primer tratamiento modificador de la enfermedad de administración oral.
Otros desarrollos muy recientes, aún en etapa experimental incluyen el transplante de células madre,[3] y las vacunas.[4]
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El riesgo es de 2-5 %, siendo mayor para madre- hija que para madre-hijo, padre –hija y padre- hijo.










